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La demanda insòlita de mineral

La demanda insòlita de mineral

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Durante la guerra de Cuba había habido un cierto movimiento pero no tenía punto de comparación con el de ahora. Justo recién empezada la escabechina, Barcelona comenzó a pedir carbón sin parar: toneladas y más toneladas, montañas de lignito para alimentar los vapores de una industria a la que la guerra confería un impulso increíble. La cuenca, sacudida por la demanda insólita de mineral, tuvo que espabilarse. Las minas en explotación comenzaron a trabajar a toda mecha. Las que habían cerrado después de la prosperidad efímera de la guerra antillana volvieron a funcionar, se abrieron otras nuevas. La flota de laúdes no daba abasto y fue preciso construir otros nuevos para transportar el mineral Ebro abajo hasta las estaciones de ferrocarril. Las atarazanas se reanimaron, convertidas en hormigueros de carpinteros de ribera. Se necesitaba gente en las minas, en el río, en todas partes. Un alud de forasteros acudió a buscar trabajo, la villa rebosaba de gente. El comercio, lánguido hasta entonces, se animó.

Camino de sirga, 53

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